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Semblanza de mi maestro, Josei Toda

(Discurso pronunciado en una reunión de líderes en Tokio, 25 de diciembre de 1986) [1]

Mi maestro de vida, Josei Toda, fue un hombre de gran personalidad. He recibido numerosas cartas de los integrantes de la División Futuro y de la División de Estudiantes preguntándome qué clase de persona fue el segundo presidente de la Soka Gakkai.

Hoy, desde temprano, me senté a escribir algunas reflexiones sobre mi mentor, a medida que iban viniendo a mi mente, y quisiera compartirlas con ustedes, con la esperanza de que les permitan apreciar mejor al señor Toda.

Daisaku Ikeda describe la personalidad y la calidad humana de su mentor, Josei Toda.

El joven Daisaku Ikeda dialoga con su mentor, Josei Toda (prefectura de Shizuoka, Japón, marzo de 1958)

Era un hombre estricto.
Pero como maestro de vida, siempre estaba pendiente de nosotros.
Era resuelto y sagaz.
De gran amplitud mental.
Apasionado.
Inteligente.
Se indignaba ante la injusticia y la arrogancia.
Se conmovía fácilmente hasta las lágrimas.
Identificaba claramente la esencia de las cosas y de los hechos.
Era un matemático brillante.
Vivió con una fe y una convicción inamovibles.
Protegió y defendió la Ley con absoluta lealtad.
Su temple era riguroso como la escarcha del otoño.
Pero su sonrisa era siempre como la brisa primaveral.
Solía sonreír y ofrecerle al otro una copa de sake.
Tenía un porte majestuoso; transmitía excelencia en toda ocasión.
Su posición fue, siempre, la de un aliado del pueblo.
Nunca olvidaba a los que luchaban contra los sufrimientos de la vida y la muerte.
Siempre escuchaba con sinceridad los problemas y las aflicciones de los demás.
Fue un hombre optimista, pero también pesimista, al mismo tiempo.
Luchó con todo su ser contra el mal y la falsedad.
Sabía discernir enseguida la naturaleza esencial y las cualidades de las personas.
Fue un experto en ayudar a la gente a expresar su potencial más elevado.
Abogó con valentía por el ideal postulado por el Daishonin: «establecer la enseñanza correcta para asegurar la paz en la tierra».
Lloraba por los pobres.
Su vida, en cierto sentido, fue una serie interminable de luchas extremas.
La felicidad y la alegría de los demás lo llenaban de gozo.
Detestaba, sobre todas las cosas, que lo consideraran una especie de gurú.
Se enorgullecía de ser una persona común, un hombre de gran fe.
Amaba al pueblo en todas las circunstancias.
Intentaba comprender el mundo interior de cada persona.
Era minucioso y siempre atento.
Era abierto, de gran corazón, libre y despreocupado.
Capacitaba a sus discípulos estrictamente.
Pero era capaz de dar la vida por ellos.
Fue un hombre de inmensa pasión.
Vivió siempre con genuina sabiduría y capacidad intelectual.

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